
Erase una vez un país que tras sucesivas escisiones y repartos acabó siendo tan pequeño,tan pequeño, tan pequeño que todos los niños nacían extranjeros. Aunque sobre ellos pesaba una orden permanente de expulsión, como el 99 por ciento de la superficie del Estado era territorio fronterizo, nunca había forma de atraparlos con los dos pies en el mismo suelo. Sin embargo un buen día, cansados ya del juego de la línea, decidieron juntarse todos a una en el centro del país. El atasco fue monumental y tan inmediato que sin querer tomaron el control de la nación. A la hora de celebrar la victoria y dado que solo se podía desfilar escalando el mástil de la única bandera, prefirieron construir un tobogán. Para ello hubieron de borrar toda frontera si querían mantenerse dentro de la legalidad al salir despedidos de la rampa. Una vez suprimidos los límites y para su propia sorpresa, el país comenzó una fase de expansión por desbordamiento que aun continúa como una onda que se extiende en busca de sus propios confines, donde habitan, según dicen, los últimos extranjeros.